“LA ENTREVISTA CONSTANTE”

El mundo laboral ha cambiado radicalmente. Hemos pasado de tener un trabajo para toda la vida, a pasarnos la vida buscando trabajo. Si antes las generaciones más maduras tenían que lidiar con un mercado de trabajo rígido, derechos laborales raquíticos y un desigual acceso a la formación, hoy en día, el cuadro tampoco pinta mejor.

Los que formamos parte de la población activa (ocupada o en búsqueda de empleo) luchamos cada día con “la entrevista constante” que requiere estar siempre a punto para venderse y demostrar porque somos los mejores en nuestro puesto. Hay un mayor movimiento en las empresas, que hoy aspiran a la globalidad, y esto para el empleado supone un reto que puede convertirse en barrera o en oportunidad.

Esta transformación en las estructuras laborales no sería tan difícil de asimilar sino viniera acompañada, en nuestro país, de una precarización laboral causada por una nefasta gestión política de la crisis económica actual.
En general, ha habido una mejora de las condiciones comparado con la situación hace 50 años, sin embargo, hoy el presente laboral está lleno de limitaciones e incertidumbres, creando sentimientos que van desde el miedo a ser despedido hasta la ansiedad de no encontrar nada o tener que lidiar con condiciones esclavistas.

Obviamente la precariedad laboral hay que combatirla, pero con los cambios en la carrera profesional hay que intentar salir ganando.

La cultura española del trabajo tiene que empezar a aceptar que un cambio de empleo pasados los 40 puede ser una oportunidad, por ejemplo. Nos toca repensar nuestra relación con el trabajo. No es casual que fenómenos como el “running” o el “coaching” hayan aparecido en los peores momentos de desempleo en España respondiendo a la necesidad de encontrar vías de escape y apoyo emocional edulcorado…

Aquí presento una guía gráfica explicando cómo afrontar los nuevos retos del mercado laboral que nos ha tocado vivir, basada en experiencias propias y de mi entorno y en un reciente artículo[1] de Helen Whitten, una experta en la materia.

EL “PET SOUNDS” DE LOS “BEACH BOYS”. LA TRASCENDENCIA METAFÍSICA DEL POP

 
«…escucho unos sonidos increíbles…»

(Brian Wilson a un directivo de Capitol Records refiriéndose a los efectos del LSD)

«…soñé que tenía un halo en la cabeza…»

(Brian Wilson)


 
Solo conocemos el cómo y el cuando. Pero no el motivo último. Brian Wilson (1942), líder de uno de los grupos más exitosos de la época, en plena cumbre, se empeñó en este arriesgado salto mortal en 1965: el intento de crear el mejor disco de la historia. ¿Superar a los ‘Fab four’ de Liverpool? ¿Arrancar de cuajo el cordón umbilical que le ataba a su padre y, a la sazón, despótico ‘manager’ del grupo? ¿Un acto de iluminación?
  
Me inclino a pensar, como la mayoría, que el hipersensible y extraterrestre Brian Wilson quiso ir más allá, avanzar hacia “terra incognita” y quemar las naves. Sus anhelos y su reino no eran de este mundo. Sea como fuere, él mismo admitió que la audición del “Rubber Soul” de The Beatles –se admiraban mutuamente- le resultó tan estimulante e inspiradora que se puso manos a la obra. Un empeño este, el de realizar una obra de arte total, en el que casi se dejó el pellejo, y en el que, indubitadamente, sí se dejó su salud mental por el camino. Una vez terminado se puso a la venta en mayo de 1966 y, ante su fracaso comercial, insistió en el letal cóctel de drogas y extravagancias intentando superar lo insuperable. Solo el paso del tiempo le hizo justicia.
 
No podemos desdeñar esa parte de experimentación con sustancias como el LSD (¿le ayudó realmente?) y su aprendizaje con el gran productor musical, el obsesivo e histriónico Phil Spector, inventor del “Wall of Sound”.
 
Para apoyarle en la tarea de escribir las letras, Brian contrató los servicios de Tony Asher, un creativo publicitario, a quien citaba en su mansión de 1448-Laurel Way, LA, en jornadas de trabajo más bien anárquicas. Mientras, el resto del grupo realizaba una gira, ajeno a su construcción y no siempre de acuerdo con un proyecto alejado de los éxitos playeros de sus comienzos.

El cómo y no sólo el cuánto: RSE o RSC

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La Responsabilidad Social Empresarial (o Corporativa) está de moda.
Pero nos surgen muchas dudas a su alrededor… ¿Qué es exactamente? ¿Quién puede aplicarla? ¿Ha venido para quedarse?


Su definición y características se vienen debatiendo desde la década de los 50[1], sin embargo, todavía hoy sigue siendo un concepto difuso.
En la actualidad, son muchos los organismos gubernamentales y no gubernamentales[2] que intentan dar con una definición y recomendaciones universales para la RSE.

La Comisión Europea[3] , por ejemplo, la define como “la integración voluntaria, por parte de las empresas, de las preocupaciones sociales y medioambientales en sus operaciones comerciales y sus relaciones con sus interlocutores”.

Es decir que, la empresa decide voluntariamente asumir compromisos que van más allá de las normas legales obligatorias, y que tienen como objetivo global conseguir un crecimiento sostenible. Simplificándolo aún más, su base del éxito reside en “un triple balance” positivo: social, económico y medioambiental.

El beneficio económico ya no es lo único buscado por las empresas. Éstas asumen unos objetivos “extra” que impacten positivamente en toda la comunidad. Como el respeto y apoyo de los Derechos Humanos en toda su cadena de producción, una mayor eficiencia energética, la no-discriminación en el trabajo (igualdad salarial, por ejemplo) o medidas anti-corrupción y de transparencia en la empresa.

No basta con un mero listado de buenas intenciones plasmados en códigos de conducta, expuestos en la pestaña “misión y valores” de su página web. La organización debe hacer un análisis intensivo comunicándose con los diferentes grupos con los que interactúa (clientes, empleados, grupos de interés locales, autoridades…) y diseñar su propia estrategia.